Probablemente llevo un mes así, llorando cada día por cosas pequeñas e insignificantes. Llorando hasta quedarme dormida, queriendo arañar las paredes de mi habitación y gritar hasta que la garganta me arda. No estoy bien. Me duele el cuerpo, me duele el alma, me duele el corazón, me duele vivir. Me duele despertarme y tener que levantarme de mi cama sabiendo que a mediodía empezaré a llorar. No recuerdo cuando fue la última vez que reí desde el fondo de mis entrañas, no recuerdo cuando fue la última vez que cortar una llamada no me dolía. Hay muchas cosas que no recuerdo. Cada vez que hablo de mi depresión estoy pidiendo ayuda, pero nadie parece notarlo, cada vez que hablo de mi depresión estoy pidiendo ser salvada, pero a nadie parece importarle. Cada vez que hablo de mi depresión estoy gritando que ya no puedo más, pero nadie parece escuchar. Mi depresión tiene muchas formas: el no comer, el perder peso y las ojeras. El no ducharme por varios días, el escuchar la misma canción triste...
Nada más extraño y delicado que la relación entre las personas que sólo se conocen de vista, que se encuentran y observan cada día, a todas horas, y, no obstante, se ven obligadas, ya sea por convencionalismo social o por capricho propio, a fingir una indiferente extrañeza y no a intercambiar saludo ni palabra alguna. —Muerte en Venecia.