Ayer jueves me perdí. De nuevo. En medio de una clase y sin entender qué sucedía.
Lloré todo el día, entre sesión y sesión porque ya no tengo el lujo de estar en clase sin que me vean.
Mis ojos hinchados, dolor de cabeza, náuseas, lágrimas y más lágrimas.
Empezó a las once de la mañana del día de ayer y acabó veinticuatro horas después, aproximadamente.
El no haber vuelto a terapia en tantos años pasa factura, te debilita, te expone. Te sientes más vulnerable e insegura, ya no te quieres como el día anterior y tu único refugio son las sábanas de tu cama. Te alimentas pero no parece, te ves delgada, ojerosa y enferma. Te ves triste.
Entonces lloras de nuevo, que nadie te va a querer así, que cómo puedes ser tan débil, que apestas.
"Está bien sentirte así."
Sí, lo está. ¿Pero no estaría mejor no sentirse tan mierda de vez en cuando?
Veo a mis amigas felices, sonriendo, haciendo deporte, ¿por qué yo no puedo?
"Porque tú tiempo no es el mismo que los demás."
Sí, ¿pero no estaría mejor que mi tiempo de sanar ya haya llegado? ¿Qué más me falta? ¿Más terapia? ¿Otra decepción amorosa? ¿Qué más me falta?
Y lloré de nuevo, fuertemente. Abrazo mis piernas en mi pecho y lloro hasta dormir.
No hablé con nadie fuera de las personas con las que necesitaba comunicarme, no llamé a nadie, solo me quedé ahí, viviendo uno de los días más fáciles.
Hoy, luego de veinticuatro horas pedí que me llamaran, solo para recordar que mis momentos más difíciles ya acabaron, que sólo era eso, un momento, un espacio breve en el tiempo que tuvo inicio pero, sobre todo, tuvo fin.
Y volví a la tierra. Volví a respirar, a reír, volví a sentir que ya no tenía frío, mi corazón y mi alma ya estaban cálidos.
Y así, acabaron mis días más difíciles.
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