La primera vez que fui a terapia tenía dieciocho. pero el sentir que había algo "malo" y "roto" dentro de mí, empezó tres años antes. En la peor etapa de mi vida, la secundaria.
Recuerdo esa primera noche en el consultorio, todo era blanco, ordenado y extremadamente pulcro. El error más grande que se cometió esa noche fue tener la sesión en frente de toda mi familia. Si alguien me hubiera dicho que luego me lo iban a sacar en cara, jamás hubiera pisado ese lugar con ellos presente.
El diagnóstico no me sorprendió, tenía depresión y ansiedad. Empecé a inyectarme vitaminas y también a consumirlas oralmente, me hice varias pruebas de sangre y empecé mi tratamiento.
Mi relación con la terapia, hasta hoy, siempre ha sido inestable. Podía ir dos sesiones y ausentarme dos años. Sin razón, sin motivo, aunque a veces creía que era lo suficientemente fuerte como para "salir del hoyo" sola. Y muy tarde entendí que no podía.
Luego de casi seis años de lidiar con lo que hay en mi cabeza (porque ahora ya soy más consciente de que existen cosas que me afectan que no están bajo mi control), abiertamente exijo que la salud mental se hable en la mesa. Con la familia. Con los seres que rodean a uno.
Mi papá desaprueba que yo vaya a terapia mientras que mi mamá me brinda su apoyo incondicional. Yo he aprendido que tengo que, y tal como lo dice la plegaria de la serenidad, aceptar las cosas que no puedo cambiar, cambiar las cosas que puedo cambiar y la tener sabiduría para conocer la diferencia.
La salud mental se debe hablar en la mesa porque todos, en algún momento, sufrimos un pequeño desequilibrio que no nos permite continuar con nuestras vidas. La salud mental se debe hablar en la mesa porque, el no hablarlo, solo nos genera ignorancia (a veces más de la que ya tenemos). La salud mental se debe hablar en la mesa y no esperar a tener la mesa incompleta para empezar a hacerlo.
Si la salud mental no se habla en la mesa, ¿En dónde más se puede hablar?
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