En lo que va del año 2021, he llorado tres pérdidas. Mis dos padrinos y mi abuela. Me atreví a compartir abiertamente mi primer duelo en marzo y mi celular se llenó de lamentos y palabras de consuelo.
Me sentí incómoda.
Nunca fueron de mi agrado las frases que
se intercambian cuando la muerte de alguien toca tu puerta, me hacen sentir que
existe un lamento imaginario e irreal por alguien que ya no está, alguien que
se fue y quizás no tuvo la opción de despedirse. Triste y desgarrador. Aún no
logro descifrar exactamente el sentimiento que causa en mí el pésame, pero sé
que no me agrada escucharlo.
Y tampoco decirlo.
Considero que tengo una relación
extraña con la muerte. La respeto y a la vez, me aterra. Me da miedo el tener
que enfrentarla —ya sea de primera mano o verla de lejos— y no
poder volver a ser quien era. Me aterra el, en ocasiones, sentir que me visita
y solo me observa desde una prudente y tentadora distancia. Se queda ahí, inmóvil,
estática, respirando erráticamente. Y luego, se va. Y vuelve.
Ayer le pregunté a alguien si estaba
bien no llorar en estas situaciones y muy amablemente respondió que está bien.
A pesar de ser una persona muy
emocional, no me permito llorar en estos momentos. Mamá me dice que debería,
que las lágrimas que no boto se acumulan en mi interior y es cierto, pero, no
me permito llorar porque no es mi forma de sobrellevarlo.
Y es que no hay una manera particular
de llevar un duelo. Algunos lo niegan, como mi papá. Otras personas, como mi
mamá, lo lloran y lo comparten. Yo, lo lloro por unos minutos y luego no lloro
más. No dejo que mis lágrimas caigan por mis mejillas por el simple hecho de
que no tengo tiempo para llorar. Mi corazón, mi alma y cabeza, quienes ya
lidian con muchas cosas, no pueden darse el lujo de poder llevar un duelo “tradicional”.
Este año, y el pasado, todos hemos
perdido.
Yo perdí a dos seres queridos y, con
miedo, temo el perderme a mí misma en el proceso de aceptar que ya no los veré.
Creo que lo único más difícil aparte
de lidiar con una pérdida es finalmente darle forma a tu dolor y poder usarlo a
tu favor. Yo no sé qué forma tendrá el mío, tal vez no esté lista para averiguarlo.
En el proceso de aceptación solo pido a quienes me vean llorar, si es que lo
hago, que no digan que lo lamentan, que solo me acompañen a estar sola.
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