Llevo trabajando en esta entrada más tiempo del que tenía pensado y es que no encontraba las palabras correctas para expresar mis sentimientos, sobre todo mi gratitud.
Estas
palabras no son ni serán una declaración de amor; es una verdad, mi verdad. Es,
por primera vez en mucho tiempo, una etapa de mi vida que acepto compartir —a medias—.
Esta noche no tengo miedo, esta noche mi cabeza no va tan rápido como de costumbre,
esta noche —y con ojos cansados— me siento preparada para contar
un poco de mi intimidad. Sin nombres, sin apodos, simplemente una historia.
En febrero
de 2020 y cuando aún no sabíamos cómo es que iban a cambiar nuestras vidas, lo
conocí. No importa cómo ni dónde, lo conocí. Y, si sentí en mi piel ese
nerviosismo como cuando te gusta alguien por primera vez, así de tonto, absurdo
y ridículo. Intercambiamos palabras, risas y cuando vi su sonrisa me atrevo a decir
que una de las primeras cosas que pensé fue que la quería ver más seguido, que
me gustaba mucho y, que me hacía sonreír. La conversación siguió su curso hasta
que llegó su fin y nos tuvimos que despedir.
Describir
lo que pasó en los minutos siguientes es contar una parte de la historia que
quiero que permanezca privada, una parte de la historia que quiero que solo
sepamos él y yo. Y no, no pasó nada que puedan estar imaginando en estos
momentos.
Nos vimos
uno o dos días después. Esta vez era distinta, esta vez estaba aún más nerviosa
y emocionada. Me gustaba. Realmente me sentía atraía físicamente hacia alguien
que apenas conocía y, mi mente me jugaba muy malas —y nada inocentes—
pasadas.
Unos
días más, unos días menos. Empezamos a conversar. Ya habíamos intercambiado
números así que más feliz, imposible. Y digamos que la historia real empezó ahí.
Nos vimos
quizás un par de ocasiones más y recuerdo con mucha certeza la gran cantidad de
tiempo que me tomaba escogiendo algo lindo para ponerme, porque yo quería que
él me vea linda. Y él, tanto como yo, sabemos qué pasó por su cabeza una vez.
La pandemia
llegó, todo lo que tenía planeado ya no podía ser y el futuro era tan incierto que
mis esperanzas quizás se desvanecieron por un instante. Quizás.
Los mensajes
se hacían más frecuentes, yo sentía que él coqueteaba conmigo cuando ni siquiera
lo intentaba y yo coqueteaba con él y ni siquiera lo notaba. Digamos que esto
nos duró varios meses hasta el momento —cuya fecha no recuerdo y me odio
por eso— en el que le pregunté abiertamente: ¿Estás coqueteando conmigo?
¿Recién
lo notas?, esa fue su respuesta. Y no, lo había notado mucho tiempo antes pero
realmente no sabía si estaba captando bien las señales o estaba desvariando y
sólo quería ver y sentir lo que me convenía. Estaba bien equivocada porque sí,
estaba coqueteando conmigo y sin vergüenza.
La situación
por el virus empeoraba y a mí solo me gustaba más y más. Pero algo nos faltaba.
Sí, una cita. No podía salir —de hecho, hasta hoy son contadas las veces
que he salido por los riesgos que existen y porque tengo padres sobreprotectores
que me aman—, así que tenía que ingeniármelas.
Y llegó
la primera videollamada.
Yo les
juro que estaba muerta de miedo porque mi cabeza me aseguraba que cuando me
viera iba a dejar de gustarle porque yo no era lo que él esperaba —y él
ya me había visto eh—. Así que sí, tenía miedo, inseguridad y más miedo.
Y me
llamó.
Y lo
vi.
Y me
vio.
Y nos
vimos.
Y no
sé cuánto tiempo duró ni mucho menos recuerdo de qué hablamos, solo recuerdo
que se parecía a Tom Hanks en Naufrago.
No sé
en qué tiempo de la historia estoy, pero, mientras escribía esto, encontré un
pequeño texto que le mandé después de su cumpleaños. Lo acabo de leer y mis
ojos se llenan de lágrimas. Lo que le escribí en esas líneas es exactamente lo
que sigo sintiendo hasta hoy. Y, desde ese texto hasta hoy han pasado 376 días.
Nuestra
historia transcurrió así; entre llamadas y textos. Hasta que le dije que
tengamos una cita. Cita virtual para ser más exactos.
No recuerdo
si logré formular la pregunta, pero sí recuerdo bien que aceptó, incluso le
pusimos hora.
Y cuando
llegó la hora tuvimos nuestra cita.
Lo vi.
Me vio.
Nos vimos.
Y no
fue la primera cita que tuvimos.
Desde
que toda nuestra historia empezó hemos tenido citas virtuales y citas
presenciales, nos hemos reído juntos, nos hemos sacado fotos e incluso hemos
compartido silencios no incomodos.
Estoy
para él del mismo modo que está para mí.
Y,
aunque esta historia no es la razón principal del título de esta entrada, es
una razón suficiente para mí para entender que mientras yo dejaba crecer dentro
de mí sentimientos hacia él, también dejaba crecer en mí sentimientos hacia mí
misma.
Me respetaba
un poco más, me tenía paciencia y no me juzgaba cuando la ansiedad me consumía
hasta los huesos. Me sentía libre de decir las cosas, decía cómo me sentía en el
momento exacto en el que lo sentía. Descubrí que quiero tener un gato y ponerle
un nombre extraño, que quiero hacer planes de nuevo.
Descubrí
la importancia de tomarse un tiempo para uno mismo y que no es egoísta hacerlo,
entendí que si yo no me ponía límites nadie nunca jamás lo iba a ser por mí.
No recuerdo
haber tenido una crisis desde que lo conozco.
Y eso
él no lo sabe.
Y tampoco
tiene idea de cuan agradecida le estoy si es que tiene algo o mucho que ver con
él.
Descubrí
que quiero aprender a cocinar —aunque soy muy
floja para siquiera intentarlo—. Entendí que debo comer tres veces al
día y un antojo no me hace daño.
Hay muchas cosas de mí
que descubrí, otras que entendí y otras más que acepté. Y cada día lo sigo
haciendo.
Me empecé a querer al
querer a alguien más.
Y eso él no lo sabe.
Y está bien.
leer tus entradas me da paz, redactas hermoso, espero y te deseo felicidad con esa persona, por otra parte te deseo lo mejor a ti también, espero que nadie te quite esa felicidad.
ResponderEliminarGracias por leerme, y por dejarme acompañarte en el momento que hayas decidido entrar a esta entrada. Te deseo lo mejor, mucha paz interior, felicidad, sabiduría, buenas vibras y que este sea tu año.
Eliminar