Él estaba tan seguro de que jamás la perdería. Él juraba que ella siempre iba a estar a su lado. A su manera. Una manera poco convencional, quizás hasta irracional. Una manera llena de complicidad que sólo ellos entendían. Una manera que era suya. Pero se cansó. Ella se cansó. Te entregué los mejores meses de mi vida, te mostré siempre mi mejor sonrisa. Te mostré mis colores en lugar de mis grises, y los pintaste a todos del mismo tono que las nubes en invierno. Se preguntaba si era él quien siempre la hacía llorar a las dos de la mañana, se preguntaba si era él si era quien siempre la hería sin darse cuenta. Se preguntaba si era él, la única persona que le disparo, cuando ella recibía balas por él. ¿Cómo puedes despedirte sin que suene a despedida? Es aquí donde mis dedos no pueden seguir tecleando, son más de las ocho con treinta minutos de esta noche de lunes y mis ojos me pesan. Él se sentía tan seguro de q...
Nada más extraño y delicado que la relación entre las personas que sólo se conocen de vista, que se encuentran y observan cada día, a todas horas, y, no obstante, se ven obligadas, ya sea por convencionalismo social o por capricho propio, a fingir una indiferente extrañeza y no a intercambiar saludo ni palabra alguna. —Muerte en Venecia.