Yo creí que este sería mi año, el año en que las cosas me iban a salir bien. Pero todo salió mal, muy mal. Tomaron mis miedos y los usaron en mi contra, no me rompieron el corazón pero sí me lastimaron. Me hicieron llorar, me hice llorar. Lloré, lloré mucho y me dije a mí misma que no volvería a pasar por lo mismo. Entonces, yo empecé a limpiar el desastre y recoger las piezas rotas. Y lloré nuevamente. Porque no podía hacerlo sola. El tiempo me ayudó a acomodar, a entender, a aceptar y, sobretodo, a no volver. En el transcurso de los meses, me perdí una infinidad de veces y traté de encontrarme en algunas ocasiones. No funcionó, bueno, funcionó a medias. No quería mirar la verdad frente a mis narices hasta mucho después. Acepté. No dudé. Dejé de llorar. Encontré en mis niños un lugar de paz, tranquilidad, un escape, un lugar que no conoce nadie. Me aferré a eso. Cuatro meses de altas y bajas. Septiembre llegó. Las cosas giraron nuevamente y me volví a perder. Pero esta vez me to...
Nada más extraño y delicado que la relación entre las personas que sólo se conocen de vista, que se encuentran y observan cada día, a todas horas, y, no obstante, se ven obligadas, ya sea por convencionalismo social o por capricho propio, a fingir una indiferente extrañeza y no a intercambiar saludo ni palabra alguna. —Muerte en Venecia.