Inspirada en la canción con el mismo título. Estaba en la casa, era casi medianoche y él llegó. Tenemos que hablar, dijo. Él camino en dirección hacia mi, yo me alejé. Por miedo. Sus ojos estaban rojos e hinchados, nunca lo había visto de esa manera. Destruido. Derrotado. Hecho mierda. ¿Qué quieres? pregunté de manera directa y fría. Una conversación, susurró. Suspiro y me doy cuenta de la cantidad de aire que estaba conteniendo, lo invito a pasar, me sonríe de lado y se sienta en uno de los sofás. Me siento en frente suyo, y espero... Somos iluminados sólo por la luz de una pequeña lámpara. Él se pone de pie y empieza a caminar de manera nerviosa por toda la habitación, camina hacia la izquierda mientras yo me encuentro en el lado contrario; ¿Por qué has venido? pregunto en mi mente. Sálvame, y se arrodilló ante mi y empezó a llorar. El llanto que oía era de desespero, lo había estado conteniendo por tanto tiempo que cada lágrima derramada suya causaba...
Nada más extraño y delicado que la relación entre las personas que sólo se conocen de vista, que se encuentran y observan cada día, a todas horas, y, no obstante, se ven obligadas, ya sea por convencionalismo social o por capricho propio, a fingir una indiferente extrañeza y no a intercambiar saludo ni palabra alguna. —Muerte en Venecia.