Anoche lo entendí. Entendí por qué no me siento cómoda con el duelo y todo lo que este conlleva. La tortura desgarradora, triste e infinita de contar la misma historia una y otra y otra vez, de repetir la misma secuencia de palabras a tantas personas que, con una fuerza y valentía que admiro, te dicen: “mis más sentidas condolencias.” Debería ser considerado inhumano el hecho de tener que revivir los momentos más alegres de alguien que ya no está, de recordar con una sonrisa a alguien quien significó mucho en nuestra vida mientras los ojos se llenan de lágrimas. Hace casi una semana perdí a mi abuela y aunque, yo siento que lo estoy llevando de la mejor manera posible, no está sucediendo lo mismo con mi papá. Mi papá ya no es mi papá, es un fantasma. Hace bromas pero no puede dormir, cierra los ojos pero no descansa, habla pero no expresa realmente lo que siente. Mi papá no es mi papá. Tiene mucho odio por dentro, la ira lo consume y recuerdo que dijo que se quería suicidar. Yo, por ...
Nada más extraño y delicado que la relación entre las personas que sólo se conocen de vista, que se encuentran y observan cada día, a todas horas, y, no obstante, se ven obligadas, ya sea por convencionalismo social o por capricho propio, a fingir una indiferente extrañeza y no a intercambiar saludo ni palabra alguna. —Muerte en Venecia.