Hoy es el primer sábado de Octubre, hoy sábado salgo con mi prometido.
Almorzamos fuera, visitamos a su nona, fuimos a un centro comercial y disfrutamos de unos frapuccinos. Caminamos de regreso a la estación mientras simulábamos habernos conocido de otra forma distinta a la original, nuevamente.
Intercambiando besos en la calle mientras el cielo se oscurecía, reíamos, hablábamos y éramos nosotros dentro de nuestra burbuja llamada amor.
Al llegar a la estación, nos acomodamos de tal manera que no prohibíamos el paso a los demás pasajeros, veíamos mis fotos de mi cuenta de instagram y saludamos a un amigo mío por su cumpleaños número veinticuatro.
Llegamos a la zona norte y empezamos a caminar de regreso a mi casa. Confieso que desde que estamos juntos, el trayecto de la estación a mi casa ya no se me hace tan largo.
Cuando estábamos no muy lejos, de pronto me detuvo en medio de la calle. Me pidió no voltear y que sólo me quedara ahí. Habrán pasado quince minutos, más o menos, no conté en realidad. Me dio una palabra y giré.
Y ahí estaba.
De pie.
Llevaba en la mano un ramo de rosas.
No pude contener el llanto mientras tomaba las flores entre mis manos, agradeciéndole por aquellas rosas que nunca imaginé que alguien me regalaría. Traían una nota escrita a mano y mucho amor en ese detalle.
Me costaba asimilar el momento lo admito, y aún no lo creo. Pero ahí están, las flores que mi prometido me regaló están ahí. Recordandome que hay personas maravillosas en esta vida y que él es una persona maravillosa y es mi vida.
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