Tenía la toalla envuelta en mi cuerpo y mi cabello sujeto en un moño alto. Miraba detenidamente a aquella jovencita y me preguntaba: ¿Qué ves? Dilo, no tengas miedo.
Veo a una chica poco agraciada, pálida, sin sus gafas y una mirada perdida. Pies descalzos, la toalla se ajusta en su busto derecho evitando que se caiga. Mira su rostro, su cuello, sus hombros, parte de su pecho... su muñeca.
¿Qué ves? Dilo, no tengas miedo.
Nada. No hay absolutamente nada. Las venas se notan y algunos lunares heredados. ¿Y sonríe? Eso puede ser cualquier mueca menos una sonrisa. Avanza unos pasos hacia adelante mientras que el frío piso hace contacto con su piel. Agacha la cabeza y se sorbe la nariz. Mira al frente de nuevo. ¿Qué ves? Dilo, no tengas miedo.
Ahora llevo mi vestido negro, los zapatos bajos y mi cabello está recién planchado. Llevo en mi muñeca derecha el obsequio de Olga, una pulsera con pequeñas piedras color negro y dorado. Mi cuello es adornado por otro regalo, pero este es de un pariente mío. Ahora sí llevo mis gafas puestas y no tengo frío.
Tocan el timbre. ¿Quién es? Yo. Su voz causa el revoloteo de las famosas mariposas en mi estómago. Bajo en un minuto, digo. Apago las luces, tomo mi pequeño bolso con mis llaves, mi móvil y dinero. El poco dinero que tengo. Bajo las escaleras, peldaño por peldaño. ¿Deberían poner un ascensor? Como sea, llego a la puerta principal la abro y ante mi encuentro un auto. Es un volvo. Me acuerdo de Twilight. Sonrío e inmediatamente distingo al dueño de semejante vehículo.
Me extiende su mano. La tomo y está fría. Su piel hace contacto con la mía y mis vellos se erizan, sonríe. Sonrío. ¿Nos vamos? Asiento con la cabeza. Me abre la puerta del copiloto, entro y la cierra. Rápidamente rodea el carro y abre la puerta de la izquierda, se sienta. Me coloco el cinturón mientras oigo mi agitada respiración. Por el rabillo de hombro percibo que me mira.
¿Qué ves? Dilo, no tengas miedo.
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