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Carta jamás entregada



Había tocado fondo anoche, estaba en una habitación que no era la mía mientras que las lágrimas descendían por mi rostro y mis rodillas eran abrazadas en a la altura de mi pecho.

El piso ya no estaba tan frío, mi rostro dejo de doler hace mucho y lo único que quería era que todo este infierno acabara.

Era claro que estaba mal, que a mi corta edad mi corazón y mi mente estaban pasando por trances no sanos. Llorar por las noches, dejar de dormir, dejar de comer, gastar dinero... ¿en qué me estaba convirtiendo? O mejor dicho él, ¿en qué estaba convirtiendome?

Ya había caído al fondo de pozo y él no me iba a sacar. Todo lo contrario, iba a seguir hundiendome porque sabía que si se trataba de él, yo todo lo iba a tolerar. TODO.

Pero ya no. Él no iba a hacer por mi ni la décima parte de lo que hago por él, él no iba a sacrificar noches de fiesta por mi, él no iba a escribirme jamás las palabras que yo aún le escribo -aunque no debería-. Él, no ve en mi lo que yo veo en él. Él no me merece.

Después de haberme cerrado totalmente e ignorar los comentarios de mis amigos supe del daño que me estaba haciendo. Supe que no me quería y que las cosas tenían que cambiar.

"Él no te merece." "Él no es digno de ti." "Te estás dañando, mírate al espejo." Frases como esas me habían dicho y yo había hecho caso omiso, yo estaba tan enamorada que si él me hacía llorar una vez más, no me importaba.

Dolía, en mi pecho, todos los sacrificios que yo hacía. Dejé de dormir, dejé de comer, gasté dinero... ¡Peleé con mi familia por él! Mientras él, del otro lado, solo me causaba más dolor y me enredaba con sus mentiras y palabras hermosas.

Ya había llorado lo suficiente, ya no iba a aguantar toda la mierda por la cual me hacía pasar y lo iba a enfrentar. 

Me puse de pie, lavé mi cara. Era un fantasma la imagen retratada en el espejo. Abrí la puerta de su baño y ahí estaba. Tendido en su cama, con esa sonrisa que pronunciaba mi nombre y me desnudaba inmediatamente. 

Me inmuté. Tomé mi mochila y sin mirarlo salí de la habitación. Oí como me seguía y no decía nada.

¿A dónde vas? —preguntó.
—Lejos de esta mierda.
—No te vayas.
—No me jodas.
—Me enamoré de ti ¿no lo ves?

Me paré en seco. Si otra fuera la historia me habría quedado. Hubieramos hecho el amor o lo que fuera que él quisiera pero...

—Adiós, vete al infierno. Ese es tu hogar.

De un portazo salí a la calle, no miré atrás y tomando un taxi regresaba a casa, un lugar del cual nunca debí salir.


Anónima
Septiembre, 2014.      

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