Siempre llevo una
pulsera en mi mano izquierda. Una pulsera de hilo compuesta de cuatro colores:
negro, rojo, amarillo y verde. ¿La razón? Me gusta. ¿Sólo eso? No, hay más…
Cuando apenas
cumplí los 16, empecé a tener problemas. Odiaba mi cuerpo, mi peso era un
problema, no me gustaba verme al espejo, tenía pensamientos… no correctos y
solo pensaba en objetos punzantes. Sólo pocos lo supieron.
Me gustaba un muchacho para ese entonces. Él era unos años mayor que yo
pero yo siempre he creído -y lo sigo haciendo- que el amor no es cosa de
números si no de sentimientos. Yo nunca me atreví a decirle lo que sentía, pero
si lo comenté con un par de amigas y mi mamá. Quién, como es lógico, le contó a
mi padre. Mis amigas me dijeron que debería decírselo, que no sabría qué es lo
que él siente si yo no doy el primer paso, que “el que no arriesga, no gana”.
Pero yo no sólo estaba arriesgando la amistad, arriesgaba el sentirme aún peor
si él no me correspondía. Sería como echarle sal a la herida.
No se lo dije, y bueno no lo pienso hacer. Es algo de lo cual no me
arrepiento porque las cosas pasan por algo y ¿por algún motivo no se lo conté,
verdad?
En fin, ese año, que fue el 2013, también empezaba mi último año en la
secundaria, la etapa “más bonita de la vida”. Claro si eres delgada, tonta,
rubia y popular. Peleé con mi mejor amigo, nos reconciliamos y ahora no somos
nada. Mi autoestima estaba a 7000 metros bajo el suelo, mi mente cada vez más
sucia y mis lágrimas se hacían cada noche, más seguidas.
Llegué a querer acabar con mi vida. Y lo he contado en una ocasión.
Pensé en cortarme más de una vez pero cuando estaba a punto de hacerlo me decía
a mí misma “eres mejor que esto, no lo hagas” ¿Y qué creen? No lo hice. Pueden
revisar cada centímetro de mis brazos y no hay marca alguna, no hay rastro que
muestre lo “mal” que estuve.
Pasaron los meses y sólo me sentía peor. Nada me causaba gracia. Sólo me
dedicaba a llorar en silencio y escribir como me sentía. Mi papá con sus bromas
sobre mi peso sólo hacía que me sintiera cada vez más “mierda” y con ganas de
matarme.
Nunca mis papás me preguntaron si me sentía bien o mal, tal vez era
porque estaba bien y creaba en mi mente problemas que no tenía. En esta parte
de la historia, entra alguien que nunca pensé que se haría presente...
Cuando mi mejor amiga empezó a ausentarse, justo cuando yo la
necesitaba, él se hizo presente. Buscaba entablar una conversación cuando yo
simplemente no quería ni mirar al cielo. Él había renunciado a su puesto pero
por las redes sociales aun nos comunicábamos. Cosas como “Será mejor que
termines esto” o “Ustedes me hartan”, fueron de los primeros mensajes que
intercambiamos. Hasta que todo acabó.
Cuando conversaba con Jorge, no sacaba nada bueno. Simplemente me
recalcaba la cantidad de defectos que tenía y yo, del otro lado de la pantalla,
lloraba.
No tengo más recuerdos del 2013. Excepto fechas como mi cumpleaños, el
de mis padres y creo que fue todo… bueno, la gran mayoría del año se repite
todo. ¿Para qué hablar de ello?
Pasemos al presente, 2014, nuestras conversaciones ya no eran sobre ellos sino sobre nosotros.
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