Eran las 13:15 cuando acabé las clases. Tomé el rumbo que usualmente tomo pero sola, hasta que divise a un amigo y emprendimos una pequeña caminata.
Habremos caminado por un lapso no mayor a 20 minutos, hasta que llegamos a cierto punto donde cada quien tenía que tomar una dirección distinta. Él, derecha; yo, izquierda. Doble aquella esquina, y sin mirar atrás me puse a cantar.
Cantar y hablar sola son cosas que suelo hacer cuando ando por las calles sin compañía alguna. Es divertido porque me llevan a hacer otra cosa que me gusta, escribir.
Mi paso era lento, miraba las tiendas que ya conocía de memoria. Me detenía en las esquinas para respirar tranquilamente y seguir, sin mirar atrás. Me puse a hablar sola cuando me di cuenta que estaba a 15 minutos de llegar a casa. Entonces, fue que vi algo que captó mi atención.
No recordaba haberlo visto antes, quizás sea por eso que me sorprendió. Vi, una Casa de Novias. Me detuve por un segundo, mire a la mujer de cabello rubio y corto que atendía ahí y pensé: ¿Qué hago? Podría haber entrado, aunque sería muy raro que una jovencita de mi edad entre a esas tiendas, a menos que diga algo como: "Busco algo para mi mamá" pero no, hice algo mejor. Continué mi camino.
En lo que veía la tienda alejarse y que cada vez me acercaba a mi destino, pensé en dos cosas: una, ¿Soy la única que siente que jamás usará un vestido blanco? ¿Es raro que sienta que jamás me casaré? me puse a pensar en eso, y la verdad es que no obtuve respuesta. Y es más, hasta ahora no la tengo.
Pero la otra cosa en la que pensé, fue más sencilla: Ya tengo algo que postear en mi blog.
Comentarios
Publicar un comentario