Estoy llorando. De nuevo. Los mismos pensamientos en mi cabeza y ya me pregunto si son señales que no debo ignorar. Pero las ignoro, por el momento. Sigo llorando. Caigo en cuenta de ciertas cosas y trato de convencerme de otras tantas. No funciona. Lloro. Escribo. Mientras las lágrimas caen sobre mis mejillas, recuerdo lo que te dije la última vez que hablamos (para esto espero haber logrado ignorar tus mensajes y llamadas que a lo mejor y ni realizas). Recuerdo que te dije que sabía que no podía competir contra tus amigos y eso siento que he estado haciendo los últimos meses, competir por un espacio en tu vida. Y no debería estar haciéndolo. Si tú quieres que esté en tu vida, deberías ponerme ahí y no debería estar compitiendo por un espacio en ella. Me genera incertidumbre e inclusos pequeños momentos de ansiedad en los que llega la noche y me voy a dormir repitiéndome una y otra y otra vez que no soy suficiente para ti. Y joder, es una mentira. Porque si soy más que suficiente para...
Nada más extraño y delicado que la relación entre las personas que sólo se conocen de vista, que se encuentran y observan cada día, a todas horas, y, no obstante, se ven obligadas, ya sea por convencionalismo social o por capricho propio, a fingir una indiferente extrañeza y no a intercambiar saludo ni palabra alguna. —Muerte en Venecia.