Creeré... creeré, creeré, creeré... La mente dice no, nada puedes hacer. El corazón no para de creer. Se ve como el camino llegó a su final, cuando nadie en mi crea, no me detendré. La esperanza me hará mirar al más allá y la fe me hará creer que venceré. Diré: yo creeré. Las palabras que vendrán intentando apagar el fuego que hay en mí, debo olvidar. El viento soplará y no me detendrá, si Dios está a mi lado, tengo todo, lo necesario, para levantarme. Creeré. Yo creo. Creeré, creeré, creeré. Yo creeré. Yo creo porque Dios es aquel que me ha dado fuerzas. Confío. Dilo conmigo. Creeré. Yo creo en ti. Creeré… yo creeré.
Nada más extraño y delicado que la relación entre las personas que sólo se conocen de vista, que se encuentran y observan cada día, a todas horas, y, no obstante, se ven obligadas, ya sea por convencionalismo social o por capricho propio, a fingir una indiferente extrañeza y no a intercambiar saludo ni palabra alguna. —Muerte en Venecia.